dijous, 25 de març de 2010

DIARIO DE VIAJE DE UN BORRACHO SOLITARIO 2

VIENE DEL ANTERIOR


Así que cogí un taxi. No es que espere nada especial de los taxis, pero aquel era jodidamente igual que los de cualquier parte del mundo (semi) occidental: espacioso pero incómodo, con música horrenda sonando de fondo, y, caro, MUY caro.
Al llegar a mi destino pagué con desgana y desprecio y me largué.
Ver una cama me alegró por unos segundos. Salir al balcón y ver la escena repulsiva anteriormente relatada me quitó dicha alegría y me entraron ganas de vomitar. Pero, mis ganas de fumar y después dormir eran mayores. Así que tragué mi propio vómito en ese preciso instante en que debes decidir qué hacer con él, si echarlo fuera o volver a tragarlo. Decidí lo segundo. Era muy asqueroso, realmente asqueroso, pero, todo fuese por aquel cigarrillo.
Una vez consumido el cigarro me dispuse a dormir unas cuantas horas sin importar si eran muchas o eran pocas. Quería descansar la borrachera y sudar un poco rodeado de sábanas y mantas.
Desperté que aún había claridad en el exterior así que deduje que tampoco me había pasado durmiendo. No suelo llevar reloj, así que no sabía la hora que era. Me daba igual. Me levanté, me duché y, paseé por la ciudad en búsqueda de algún local en que me apeteciese comer y beber. Comer poco y beber mucho.
Andaba por la ciudad como si fuese mía. No lo era. Lo sabía. No había problema. Tampoco quería ser el dueño de aquello. Es más, no quiero ser el dueño de nada salvo de mi propia vida. Que, en ocasiones ya es mucho. A lo que me refería es que andaba como si ya me conociese la jodida ciudad. Con firmeza y sin ese estúpido invento socio-burgués que todo turista guarda en la mochila, bolsillo, riñonera o sucedáneo : el mapa. A mi me gustaba patear y perderme. Perderme y patear. Sin rumbo fijo. Quería ver aquello por encima. Me daba igual el orden de las calles, y el camino que hacía para llegar a ellas. Iba sólo, sin ninguna mujer que me indicase que por ahí no había tiendas ni con ningún amigo o conocido que me dijese que se conocía un atajo. Se perfectamente a dónde llevan esos atajos, y, creedme, no suele ser nada bueno. Así, tirando de juanete, me encontré con una cervecería que presumía de tener "tapas recién hechas". Era lo más sugerente para mis extraños gustos que había visto. Cerveza y algo(poco) de comida. Lo que andaba buscando. Detuve mi camino y entré. Empecé a beber cerveza. Y bebí, y bebí. Luego comí. Y, acto seguido volví a beber. Estaba sentado al fondo de la barra. Sólo. Sin nadie que perturbase mi presencia. Pero, en un momento de la tarde-noche se me acercó un hombre. Era un hombre negro. Nada de magrebí o latinoamericano. En esta ciudad parecía no haber. Los inmigrantes que habían eran negros. De esos negros más negros que el carbón. De esos que de noche sólo se les ve si abren los ojos y sonríen. Por eso son tan risueños, pensé.
Pues bien, el sr.negro se me acercó interesándose por mi soledad:
-¿Estás sólo amigo? me preguntó.
-Sí, ya ves. Odio la sociedad.
-Pero, no dejas de estar rodeado de gente.
-Soy un antisocial con un vicio tan social como la bebida, las mujeres y el juego. ¿Sabes alguna cueva o isla desierta en que haya eso?
-Ja-ja-ja. En eso tienes razón amigo.
-A riesgo de ser pedante...tengo razón en todo lo que digo y en nada.
-¿Cómo?
-Nada. Cosas de blancos, ya sabes, como el quemar cruces enfundandos de estúpidos caperuzones nazarenos.
-Aham...entiendo...entonces, cosas de negros es...¿correr detrás de los leones?
-Veo que lo estás entendiendo amigo, ja-ja-ja
-No se si invitarte a otra cerveza o matarte aquí mismo.
-Mi muerte, llegará tarde o temprano, así que me sorprendería más esa cerveza.

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